El Centro Nacional de las Artes (Cenart) es una institución dedicada a la formación artística, con un enfoque interdisciplinario. Fue creada en 1994 por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el CENART surgió como una apuesta por integrar en un mismo espacio a instituciones educativas, centros de investigación y foros escénicos, bajo una visión que entendía el arte como un territorio de diálogo entre disciplinas, saberes y tecnologías.
Más que un complejo educativo, el CENART se pensó como un ecosistema cultural donde la formación académica, la creación artística y la vida pública pudieran coexistir. En sus 12 hectáreas conviven escuelas profesionales de distintas disciplinas, espacios escénicos, galerías, una biblioteca especializada y áreas abiertas que favorecen tanto la práctica artística como el encuentro cotidiano. Este diseño responde a una idea amplia del aprendizaje: una que sucede tanto dentro como fuera del aula, en contacto con otras disciplinas, públicos y contextos.
El proyecto arquitectónico, en el que participaron figuras clave como Ricardo Legorreta, Teodoro González de León y Enrique Norten, entre otros, materializa esta visión interdisciplinaria a través de un conjunto diverso de edificios que dialogan entre sí mediante plazas, recorridos y espacios abiertos. Más que imponer una unidad formal, el CENART propone una convivencia de lenguajes arquitectónicos que reflejan la pluralidad de las prácticas artísticas que alberga.
A lo largo de los años, el CENART se ha consolidado como un nodo clave para la cultura contemporánea en México, no solo por su oferta académica, sino por su capacidad de articular nuevas formas de relación entre arte, ciencia y tecnología. Sus programas, festivales y actividades han ampliado el alcance de las artes hacia públicos diversos, tanto de manera presencial como a través de plataformas digitales, reforzando su vocación como espacio abierto y en constante transformación.
Más que un recinto, el CENART es una plataforma viva que impulsa nuevas formas de pensar, hacer y compartir el arte. Un lugar donde convergen estudiantes, creadores, investigadores y públicos, y donde la interdisciplina no es solo un concepto, sino una práctica cotidiana que redefine continuamente el papel de las artes en la sociedad.
La Ruta de la Amistad es uno de los proyectos de arte público más singulares de la Ciudad de México. Concebida con motivo de los Juegos Olímpicos de 1968, reunió una serie de esculturas monumentales instaladas a lo largo del Periférico Sur como parte de una visión que buscaba integrar arte, urbanismo y espacio público. Más que una intervención decorativa, la Ruta fue un gesto visionario que entendía la ciudad como un territorio donde el arte podía acompañar el crecimiento urbano y generar nuevas formas de relación entre las personas y el paisaje.
El proyecto fue concebido y dirigido por el artista y arquitecto Mathias Goeritz, con el respaldo de Pedro Ramírez Vázquez, entonces presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos. La propuesta convocó a artistas de distintos países para crear esculturas monumentales en concreto, material que Goeritz consideraba fundamental para dialogar con la escala y la infraestructura de la ciudad moderna. Estas piezas acompañaban la vía que conectaba varias de las sedes olímpicas y formaban parte de una experiencia urbana que buscaba extender el espíritu cultural de los Juegos más allá de los estadios.
Con el paso del tiempo, los cambios urbanos, el crecimiento de la ciudad y las transformaciones políticas del final de los años sesenta alteraron la manera en que estas obras fueron percibidas. Durante décadas muchas de las esculturas quedaron abandonadas o deterioradas. Sin embargo, a partir de los años dos mil comenzó un proceso de restauración y recuperación que devolvió visibilidad a la Ruta de la Amistad como patrimonio cultural y como un capítulo fundamental en la historia del arte público en México.
Hoy la Ruta de la Amistad es un espacio vivo que permite repensar la relación entre arte, diseño y ciudad. Más allá de su origen olímpico, sus esculturas forman parte del paisaje urbano del sur de la Ciudad de México y ofrecen una oportunidad para releer el pasado desde el presente. Para el Abierto de Diseño CDMX, activar este territorio significa reconocer su memoria y, al mismo tiempo, imaginar nuevas maneras de habitar y diseñar el espacio público.